Odín y Fenrir: La batalla final en el ocaso de los tiempos

En el ocaso de los tiempos, cuando el cielo se resquebrajaba como vidrio bajo la furia del destino, Odín, padre de todo, avanzó sobre el campo ardiente de Vigrid. Su capa era noche viva, sus ojos, brasas de un conocimiento prohibido. Cada paso suyo hacía temblar los cimientos del mundo, pues sabía que aquel combate no era solo guerra: era sentencia.
Frente a él emergió Fenrir, el lobo del fin, vasto como una cordillera en movimiento. Su aliento era tempestad, sus fauces un abismo donde se extinguían los soles. Las cadenas que una vez lo contuvieron yacían hechas polvo, como la esperanza de los dioses.
El viento se detuvo. El tiempo dudó.
Odín alzó su lanza Gungnir, cuyo destino jamás erraba, y rugió un grito que contenía mil eras de sabiduría y sacrificio. Se lanzó como un rayo divino, atravesando el caos. Fenrir respondió con un aullido que desgarró los cielos y abrió grietas en la realidad misma.
El choque fue cataclismo puro.
Lanza contra colmillo. Voluntad contra inevitabilidad.
Odín golpeó con la furia de los nueve mundos, cada embestida una plegaria rota al orden. Pero Fenrir no era criatura de carne solamente, sino encarnación del final inevitable. Sus mandíbulas se cerraron sobre el dios, lentas como el destino, firmes como la muerte.
En ese instante eterno, Odín no retrocedió. Miró al abismo y lo aceptó.
Y así, entre fuego y ruina, el padre de los dioses cayó, no vencido, sino cumplido. Pues incluso en su caída, el eco de su desafío resonó más allá del fin, sembrando la semilla de lo que habría de renacer tras la oscuridad.
Porque incluso cuando todo muere, la leyenda no se extingue.

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