En la hora en que el cielo se partía como un escudo herido, cuando los vientos aullaban presagio de guerra, Odín, Padre de Todo, alzó su lanza Gungnir hacia la tormenta. Su único ojo ardía con la sabiduría de mil eras, y su voz, profunda como el abismo, convocó a los dioses al combate final contra los gigantes.
A su lado, Thor, señor del trueno, apretaba el mango de Mjolnir, cuyo fulgor rasgaba las nubes como relámpagos encadenados. Cada paso suyo hacía temblar la tierra; cada aliento suyo era promesa de destrucción. Frente a ellos, los gigantes avanzaban como montañas vivas, rugiendo con la furia de la escarcha y el fuego antiguo.
Entonces comenzó la guerra.
Odín cabalgó sobre Sleipnir, atravesando el campo de batalla como una sombra divina. Donde su lanza caía, el destino se sellaba. Sus cuervos giraban sobre la carnicería, llevando noticias de muerte y victoria. Thor, en cambio, era tormenta desatada: Mjolnir giraba en su mano como un sol furioso, aplastando cráneos, quebrando titanes, haciendo trizas la arrogancia de los gigantes.
El choque fue brutal. El cielo se desgarró en truenos, los mares hirvieron, y la misma realidad pareció vacilar. Pero ni la furia de los gigantes ni su número infinito pudieron doblegar la voluntad de los dioses.
Con un último rugido que sacudió los nueve mundos, Thor lanzó su martillo y partió al coloso que lideraba la horda. Al mismo tiempo, Odín clavó Gungnir en el corazón del caos, imponiendo orden sobre la ruina.
Y así, entre sangre, fuego y gloria, los dioses permanecieron en pie, invencibles, mientras los gigantes caían como ecos de una era condenada. Porque en la guerra eterna, solo los dignos escriben la leyenda.
