Hela, señora de los velos que separan lo que fue de lo que aún late en la memoria, tú que guardas en tu reino los nombres que ya no pronunciamos en voz alta, escucha esta plegaria que nace desde lo más hondo del alma.
Hoy me inclino ante tu silencio eterno, no con temor, sino con una ternura que duele. Porque en tu abrazo habitan quienes amamos y ya no están, quienes dejaron su risa suspendida en el aire y su calor aún prendido en nuestras manos vacías. Acógelos, Hela, como quien guarda un tesoro frágil, como quien entiende que el amor no muere, solo cambia de forma.
Permíteme sentirlos sin romperme, recordarlos sin ahogarme, nombrarlos sin que la tristeza apague la luz que ellos mismos encendieron en mí. Que su ausencia no sea solo herida, sino también puente; no solo lágrima, sino también semilla de gratitud.
Hela, guardiana de los que partieron, enséñame a honrar su paso por este mundo sin aferrarme al dolor que dejaron atrás. Haz de mi llanto un río limpio, donde el amor fluya libre, sin cadenas ni miedo al olvido. Porque sé que no se han ido del todo: viven en los gestos que repito, en las palabras que heredé, en cada latido que aún resiste.
Si en tu reino encuentran descanso, dales también memoria de nosotros, para que en algún rincón de lo invisible sepan que seguimos amándolos con la misma intensidad con la que los despedimos. Y cuando llegue el día en que mis pasos crucen tu umbral, que no haya distancia, que no haya sombras, solo el reencuentro sereno de lo que nunca dejó de ser.
Hasta entonces, Hela, cuídalos. Y cuida también este corazón que aprende, entre lágrimas, a seguir viviendo.
