En las brumas saladas donde el mar respira y las olas susurran antiguos nombres, Njord, señor de los vientos y las mareas, contemplaba el horizonte con un corazón que no pertenecía del todo a los dioses, sino a sus hijos.
Freyr y Freyja eran su calma y su tempestad, la semilla y la flor. En ellos encontraba algo que ni el oro de los palacios ni el poder sobre los mares podían ofrecerle: un motivo para amar sin medida. Antes de que las lanzas se alzaran entre los Ases y los Vanes, antes de que la desconfianza nublara los cielos, Njord ya conocía el peso de lo que podía perder.
—Hijos míos —decía, mientras el viento se aquietaba para escucharle—, el mundo es vasto y hermoso, pero también cruel. Si algún día la guerra llama a nuestras puertas, recordad esto: no sois solo dioses, sois luz en la oscuridad de otros.
Freyr, con la serenidad de la tierra fértil, escuchaba en silencio. Freyja, ardiente como el primer amanecer, sonreía con la confianza de quien aún no conoce la pérdida. Njord los miraba y en su pecho se mezclaban orgullo y temor, como mareas que nunca descansan.
Sabía que el destino no podía ser detenido, pero sí podía ser amado. Y así, cada palabra suya era un escudo invisible, cada gesto un juramento: protegerlos no con armas, sino con el recuerdo imborrable de su amor.
Porque incluso entre dioses, incluso antes de la guerra, lo más poderoso no era la fuerza… sino el lazo que un padre teje con sus hijos, eterno como el mar que jamás deja de regresar a la orilla.
