En los días en que los cielos temblaban y los mares rugían contra las costas de Midgard, una sombra colosal emergió desde las entrañas del caos: Jörmundgander, la Serpiente del Mundo. Su cuerpo infinito rodeaba la tierra y su aliento envenenaba el aire, apagando la esperanza de hombres y dioses. Los ejércitos de Asgard observaron el horizonte con temor, pues cada movimiento de la bestia hacía crujir montañas y partir océanos.
Entonces apareció Thor, hijo de Odín, señor del trueno y portador del martillo Mjölnir. Descendió entre relámpagos montado en su carro de guerra, arrastrado por cabras inmortales, mientras las nubes se abrían como heridas en el firmamento. Cada trueno era un anuncio de muerte para los enemigos de Asgard.
Thor avanzó sin vacilar hacia la criatura. Los hombres cubrieron sus ojos al ver cómo el dios alzaba a Mjölnir, cuyo poder hacía arder el aire mismo. La serpiente lanzó un rugido capaz de quebrar la voluntad de cualquier mortal, pero el dios respondió con un grito de guerra tan feroz que los cielos estallaron en tormenta.
El combate fue brutal. Jörmundgander azotó el mar con su cola gigantesca, levantando olas como montañas. Thor resistió cada embestida mientras rayos azules recorrían su armadura. Finalmente, cuando la bestia abrió sus fauces para devorar el mundo, el dios del trueno saltó hacia ella envuelto en relámpagos y descargó a Mjölnir con toda la furia de Asgard.
El impacto partió el cielo.
El trueno se oyó en los nueve reinos. La serpiente cayó herida, y las aguas hirvieron con su sangre venenosa. Thor permaneció de pie entre la tormenta, respirando como un guerrero tras la batalla, mientras los dioses alzaban sus armas en señal de victoria.
Desde entonces, los hombres cuentan que cuando la tormenta golpea la tierra y los relámpagos iluminan la noche, es Thor recordándole al universo que ningún monstruo puede desafiar eternamente al dios del trueno.
