En el borde del cielo que besa la escarcha,
donde el viento murmura secretos antiguos,
se alza el puente tejido de luz y de agua,
arco iris sagrado de dioses y espíritus.
No es senda de hombres de paso ligero,
ni camino que el hierro conquiste o profane;
es hilo invisible que une los mundos,
susurrando verdades que el alma sí sabe.
Allí donde arde el rojo del fuego primero,
y el azul se derrama en silencio profundo,
cada color es un canto del viejo misterio:
la unión de la vida, la muerte y lo oculto.
En la visión del norte, de hielo y de runas,
ese puente no es solo fulgor en el cielo;
es guardián del equilibrio eterno que pulsa
entre el árbol del mundo y el último velo.
Cruzan los dioses con pasos de aurora,
y las almas valientes que honraron su nombre;
cada huella resuena en la trama invisible
que sostiene los sueños y el destino del hombre.
Mas no basta mirar su belleza lejana,
ni nombrarlo en lenguas de eco vacío;
hay que arder como el rayo que en él se desgrana,
ser digno del paso, del salto al vacío.
Porque el puente no es puente: es prueba y reflejo,
es promesa y abismo, es verdad interior;
quien lo cruza se encuentra desnudo y eterno,
sin más arma que el pulso sagrado del honor.
Así, bajo cielos de auroras danzantes,
permanece vibrando en su eterno latir:
recordando a los hombres, fugaces, errantes,
que hay caminos de luz que se deben sentir.
