Oh Freya, diosa del fuego que habita bajo la piel y en lo profundo del alma,
señora del deseo que despierta los latidos ocultos del corazón humano,
desciende suavemente sobre quien lee estas palabras.
Que tu aliento dorado recorra mi cuerpo como una brisa tibia al amanecer,
despertando cada sentido, cada fibra, cada pensamiento que anhela sentir más.
Haz que la sangre recuerde su ritmo antiguo,
ese pulso sagrado donde el espíritu y la carne no están separados.
Freya, portadora de belleza salvaje y dulzura ardiente,
enciende la chispa que vive en los ojos,
la que transforma una mirada en promesa
y un susurro en un temblor que recorre la espalda.
Que tu presencia vuelva la piel consciente de cada roce del aire,
que el deseo sea como una llama luminosa,
no vergonzosa ni oculta, sino viva, orgullosa y profunda.
Permite que quien lea estas palabras —hombre o mujer—
sienta en su interior el despertar de la pasión sagrada,
ese calor que nace en el centro del ser
y se expande como luz por todo el cuerpo.
Que el corazón lata con fuerza,
que la imaginación se abra como una flor nocturna,
y que el espíritu recuerde que el placer también es un lenguaje divino.
Freya, diosa del amor ardiente y del encanto irresistible,
bendice este instante con tu magnetismo antiguo:
que el deseo sea dulce,
que la atracción sea poderosa,
y que la pasión fluya libre como el oro de tus lágrimas.
Así, bajo tu mirada luminosa,
la vida misma se vuelve un acto de seducción sagrada.
Escrito por RdM

