Oh Forseti, señor del juicio sereno, guardián de la palabra justa y del equilibrio entre los hombres y los dioses: ante tu trono de paz comparecen los corazones turbados y las disputas encendidas, y en tu presencia la mentira pierde su fuerza como sombra ante la luz del amanecer.
Tú, que escuchas antes de hablar, que pesas cada palabra como si fuera una piedra sagrada, derrama sobre nosotros la claridad de tu sabiduría. Que nuestras lenguas no se levanten para herir, sino para reconciliar; que nuestras manos no busquen venganza, sino reparación; que nuestras mentes recuerden que la verdadera justicia no nace del orgullo, sino de la verdad que permanece firme incluso cuando el mundo vacila.
En tu morada resplandece la paz que nace de lo correcto. Allí los conflictos encuentran su fin y las voces enfrentadas aprenden a escucharse. Permite que una chispa de esa armonía habite también en nuestros corazones, para que juzguemos con templanza, decidamos con honor y caminemos con rectitud entre nuestros semejantes.
Oh Forseti, hijo de la luz y de la equidad, guía nuestras decisiones cuando la duda oscurezca el camino. Que tu balanza invisible incline siempre nuestras acciones hacia lo justo, y que tu espíritu calme la tormenta de la ira antes de que se convierta en injusticia.
Así, bajo tu mirada imparcial, que cada ser encuentre su verdad, cada ofensa su reparación y cada alma la paz que solo la justicia verdadera puede otorgar.

