Bajo bóveda bruna brama el cuervo;
barbecho de batallas bebe el Padre.
De Yggdrasil cuelga: calla, corona el frío,
nueve noches negras, ni pan ni hidromiel.
Hondea la lanza, hiende la carne,
hace del dolor doctrina y del ayuno arte;
y al alba arde el signo en su mirada:
runas rugen, rotas del hondo abismo.
No es rey de reposo: rueda su mente.
Por un trago del pozo paga con ojo,
precio de sabio, peaje de alto.
Mímir murmura; la memoria muerde,
marca su frente y el Padre lo acepta:
quien busca el saber compra grietas.
En Valhöll vibran bancos, vuelan escudos;
brillan los muertos, beben la gloria prestada.
Odín ordena: “¡Alzaos, elegidos!
No por oro, sino por hora postrera.”
Porque sabe el final del fuego,
porque oye crujir lo firme:
Ragnarök ronda y rompe juramentos.
Huginn y Muninn, ojos del aire,
hollan caminos, traen habla y sombra;
traen del campo la cuenta de caídos.
Y el de la capa, callado, los escucha:
teme más perder memoria que perder trono,
pues sin recuerdo no hay reino,
sin palabra no hay pacto.
Padre de galdr, de guerra y de camino,
no promete consuelo: promete temple.
Mejor es el nombre que la carne que cae;
mejor la prudencia que el vino sin freno;
mejor el amigo que el fuego lejano.
Así dice el Tuerto, terrible y sereno:
vive con juicio; muere con fama.
Cuando el lobo muerda y el mundo se retuerza,
no huirá el Alto: irá al hacha final.
Cae el cuerpo; queda el canto:
en runa, en saga, en eco.
