Odín, Padre de los caídos, ojo único que atraviesa la noche,
vengo sin corona y sin excusas, con el pecho abierto al hierro.
Enséñame el rumbo cuando el mundo ruge
y el miedo intenta firmar mi rendición.
Señor de los cuervos, que beben secretos del viento,
dame su mirada para leer lo invisible,
para aprender sin descanso,
para arder sin consumir mi alma.
Que mi mente sea hoja templada:
no presume, no tiembla, no se quiebra.
Tú que colgaste del árbol del mundo,
nueve noches de hambre y de silencio,
tú que pagaste con tu propio ojo
el precio de ver más allá del velo,
hazme entender el sacrificio:
no como castigo,
sino como juramento.
Guíame en la guerra que nadie aplaude,
la que se libra dentro del pecho,
donde el orgullo es enemigo
y la disciplina es escudo.
Que mi voluntad marche en fila,
que mi palabra no retroceda,
que mi paso sea firme en la tormenta.
Odín, dame grandeza sin soberbia,
poder sin cadenas,
victoria sin mentira.
Que yo sepa perder lo necesario
para ganar lo eterno:
el conocimiento que cuesta,
la verdad que corta,
la fuerza que no se vende.
Y si llega el día en que el destino exija sangre de mi nombre,
haz que no negocie con la cobardía.
Que caiga de pie, si he de caer,
con la frente alta y el corazón en guardia,
y que mi vida sea digna de tu mesa:
no por gloria fácil,
sino por haber aprendido
a pagar el precio de ser alguien.
Escrito por RdM
