Amén, Skål y Sköll: cuando las palabras no significan lo que creemos
Las palabras antiguas tienen una ventaja injusta: suenan profundas incluso cuando se usan mal. Basta con que parezcan viejas, extranjeras o solemnes para que transmitan una sensación de sabiduría automática.
En los comentarios de esta web aparecen a veces cierres como “amén”, “skål” o “SKOLL”. El problema no es usarlas, sino usarlas como si todas dijeran lo mismo, cuando en realidad proceden de mundos culturales completamente distintos.
Aclaremos cada una, con calma y contexto.
“Amén”: una palabra solemne… pero no nórdica
Conviene empezar desmontando una confusión básica: “amén” no tiene absolutamente ninguna relación con la religión nórdica, ni con los vikingos, ni con Escandinavia.
Como explica Mircea Eliade en su Historia de las creencias y las ideas religiosas, “amén” es una palabra semítica, nacida en el ámbito del judaísmo antiguo y adoptada más tarde por el cristianismo y el islam. Su función es clara y limitada: confirmar solemnemente una afirmación, especialmente en un contexto religioso o moral. Significa “así es” o “que así sea”.
Bruce Metzger, en The New Testament: Its Background, Growth and Content, recuerda que “amén” no añade contenido nuevo: ratifica lo anterior. Por eso se coloca al final de oraciones o declaraciones que ya tienen un sentido completo.
La religión nórdica precristiana —la que conocemos por las Eddas— no usaba esta palabra ni nada equivalente. Sus rituales, mitos y fórmulas verbales pertenecen a un sistema simbólico completamente diferente.
Usar “amén” como cierre genérico o como firma fuera de ese marco es, como mínimo, desconcertante. Asociarlo a lo vikingo es simplemente un error histórico.
“Skål”: un brindis, no un comodín lingüístico
Pasemos ahora a la palabra escandinava que más se ha popularizado.
En Viking Age Iceland, Jesse Byock explica que skål procede del antiguo nórdico skál, que designaba el cuenco o vaso con el que se compartía la bebida en reuniones sociales. Con el tiempo, el término pasó a significar el acto de brindar deseando salud y buena fortuna.
Peter Sawyer, en The Age of the Vikings, insiste en que se trata de una expresión social, ligada a la bebida compartida y a la convivencia. Nada más.
Por tanto, skål:
No es una bendición.
No es una afirmación filosófica.
No es una forma de cerrar ideas, textos o discusiones.
Usarlo para terminar cualquier frase es como despedirse diciendo “buen provecho” cuando nadie está comiendo. No ofende, pero no tiene sentido.
“Sköll”: el lobo que persigue al Sol (y no saluda)
Aquí llegamos al término más malinterpretado de todos.
Como recoge Snorri Sturluson en la Edda Prosaica, Sköll es el nombre propio de un lobo monstruoso de la mitología nórdica. No es una palabra genérica ni un saludo ancestral.
Rudolf Simek, en su Dictionary of Northern Mythology, lo describe con precisión: Sköll es el lobo que persigue al Sol a través del cielo, intentando devorarlo. Su hermano Hati persigue a la Luna. Cuando ambos lo consigan, llegará el Ragnarök, el colapso del orden cósmico.
Así que firmar con “SKOLL” no transmite acuerdo, camaradería ni sabiduría antigua. Simbólicamente, equivale a decir:
“Soy la criatura que anuncia el fin del mundo.”
Cada cual elige su estética, pero conviene saber qué se está evocando.
El error moderno: mezclarlo todo
Estas confusiones no nacen de la maldad, sino de la cultura popular moderna, que mezcla religión, mitología y folclore como si fueran lo mismo. Pero no lo son.
Amén pertenece a las religiones abrahámicas.
Skål pertenece al ámbito social escandinavo.
Sköll pertenece al imaginario mítico del caos y el fin del mundo.
Usarlas como si fueran intercambiables no las hace más interesantes: les quita significado.
Las palabras antiguas no son decoración. Son herramientas culturales con historia, función y contexto.
Entenderlas no nos hace pedantes; nos hace precisos.
Y a veces, el cierre más elegante no es una palabra solemne tomada al azar…
sino simplemente saber cuándo poner un punto final.
