No hubo cuervos aquella noche.
Ni viento.
Ni estrellas.
El cielo parecía una herida abierta sobre los nueve mundos mientras Odín observaba señales imposibles desde Hlidskjálf: sombras devorando la luna en sueños, raíces de Yggdrasil pudriéndose desde dentro y un silencio extraño extendiéndose por Asgard, como si el universo contuviera el aliento antes del colapso.
Entonces comprendió la verdad.
El Ragnarök había comenzado.
Sin hablar, montó a Sleipnir. Las ocho patas del caballo atravesaron nieblas y abismos hasta descender más allá de Midgard, más allá de las cavernas donde duermen gigantes olvidados, hasta Hel: el reino de los muertos.
Allí no existía el tiempo.
Solo cadáveres inmóviles bajo una oscuridad húmeda y mineral, como si el cosmos entero hubiese sido enterrado vivo.
Odín avanzó entre túmulos abiertos y árboles muertos cubiertos de escarcha negra. Las almas apartaban la mirada al reconocerlo.
Entonces encontró la tumba.
Una völva enterrada hacía eras. Sellada con runas tan antiguas que incluso los aesir las temían.
Odín pronunció galdr prohibidos.
La tierra tembló.
Los huesos comenzaron a crujir.
Y el cadáver despertó.
No abrió los ojos. No los necesitaba.
La muerte habló con una voz llena de tierra:
—Veo al lobo tragando al padre de todos. Veo serpientes bebiendo mares. Veo el sol convertido en un cadáver frío girando sobre un cielo roto…
Cada palabra hacía que Hel respirara.
Odín preguntó por Baldr.
Preguntó por el fin.
Preguntó qué quedaría después del fuego.
La völva rió.
No sonó humana. Sonó como hielo quebrándose en la oscuridad del universo.
Entonces reveló lo último: dioses muertos caminando después del Ragnarök… y algo aún más antiguo observando desde el vacío entre las estrellas, esperando el final de los mundos para despertar.
El silencio regresó.
La profetisa inclinó su rostro marchito hacia Odín y susurró:
—Ya sabes demasiado.
La tumba volvió a cerrarse.
Y por primera vez desde la creación del cosmos… Odín sintió miedo.
