En el alba primera, cuando el vacío aún susurraba
y el hielo y el fuego danzaban sin nombre,
nació la chispa de los dioses antiguos.
De la sangre de gigantes y del eco del abismo
surgió Odín, de mirada profunda como el destino.
No fue rey al nacer, ni padre de todo al aliento primero,
sino buscador incansable en los senderos del caos.
Caminó entre sombras, desafiando a la noche,
sediento de sabiduría más allá del poder,
más allá de la vida que otros ansiaban conservar.
En el pozo de Mimir dejó uno de sus ojos,
no como pérdida, sino como ofrenda eterna,
y en ese sacrificio ganó la visión de los mundos:
vio el tejido del tiempo, las raíces del Yggdrasil,
y el destino que incluso los dioses temerían.
Mas no bastó conocer: quiso dominar el saber.
Se colgó del árbol sagrado, atravesado por su propia lanza,
nueve noches sin pan ni consuelo,
hasta que las runas, ocultas y poderosas,
se revelaron ante su voluntad indomable.
Así creció su nombre, no por la fuerza del trueno,
sino por la carga del conocimiento y el sacrificio.
Reunió a los dioses, ordenó el caos,
dio forma al cielo, a la tierra y al destino humano,
y estableció su trono en el alto Asgard.
Allí, con cuervos que le traen pensamientos del mundo
y lobos que guardan su presencia,
Odín observa, aprende y decide.
No es padre por sangre solamente,
sino por haber pagado el precio del todo.
Así ascendió, no como conquistador,
sino como guardián del equilibrio eterno.
Y en su mirada, aún arde la certeza:
que ser el Padre de Todos
es cargar con el destino de todos los mundos.
