Thor y la fuerza: cuidar en lugar de romper en la modernidad

Thor no entendería esta manía moderna de confundir fuerza con crueldad. Para él, la fuerza nunca fue aplastar al débil: fue sostener el mundo cuando tiembla. Fue levantar el martillo no para presumir, sino para poner un límite. Porque en la visión nórdica, el caos no siempre llega con cuernos y fuego: a veces se cuela en forma de orgullo, de rencor, de ganas de dominar, de esa violencia pequeña que se vuelve costumbre.
Si Thor mirara estos días vería a humanos rompiéndose entre sí, como si el enemigo viviera en la casa de al lado. Y le parecería un desperdicio triste. No porque ignore la guerra —la conoce—, sino porque sabe distinguir la batalla necesaria de la pelea miserable. El verdadero peligro no es el vecino; es lo que devora por dentro: la mentira que divide, la indiferencia que enfría, la codicia que convierte a las personas en objetos, la apatía que deja pasar la injusticia como si fuera lluvia.
Thor, guardián de Midgard, recordaría algo simple: una especie que se ataca a sí misma abre la puerta al gigante sin necesidad de que éste derribe el muro. Cuando la comunidad se rompe, la tormenta entra. Y entonces ya no hace falta un Ragnarök mítico: lo fabricamos con nuestras manos.
Quizá por eso Thor no predicaría “paz” como palabra bonita. Predicaría lealtad. Coraje. Fraternidad. La disciplina de proteger, incluso cuando cuesta. La valentía de escuchar antes de golpear. La humildad de reconocer que el orgullo es un veneno lento.
Y al final, su mensaje sería brutalmente claro: si quieres honrar al trueno, no destruyas a tu gente. Defiéndela. Sé muro. Sé refugio. Sé compañero de escudo. Porque Midgard no se sostiene con discursos: se sostiene cuando, en la oscuridad, alguien elige cuidar en lugar de romper.

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