Thor y la batalla épica por la humanidad y la esperanza

Cuando el cielo se partió como un escudo herido
y el viento rugió con voces de piedra ancestral,
los gigantes avanzaron desde los confines del hielo,
pisando montañas, bebiendo ríos,
jurando borrar la memoria de los hombres.
Entonces tronó el firmamento.
No fue tormenta cualquiera,
no fue relámpago perdido en la noche:
fue el paso de Thor, guardián del Midgard vivo,
el de la barba encendida como brasa de guerra,
el de los brazos que sostienen el destino
cuando los cobardes tiemblan.
Mjölnir giró en su mano
como un sol furioso reclamando batalla,
y cada vuelta era un juramento:
“Mientras respire trueno, la humanidad no caerá.”
Los gigantes rieron,
altos como inviernos eternos,
seguros de que ningún dios defendería
a criaturas tan frágiles.
Pero Thor no protege por conveniencia.
Protege porque el caos debe ser contenido,
porque alguien ha de plantarse
entre la oscuridad y el fuego del hogar humano.
El primer golpe abrió la tierra.
El segundo quebró el orgullo de la escarcha.
El tercero fue tan terrible
que hasta las estrellas guardaron silencio.
Tronaron los cielos,
los mares se alzaron como testigos,
y en cada relámpago los hombres recordaron
que no estaban solos bajo la noche.
Herido, cubierto de hielo y sangre enemiga,
Thor no retrocedió.
Un dios puede caer, pensó,
pero jamás dará la espalda al mundo que juró defender.
—¡Venid todos! —rugió—.
Que vuestro número sea infinito;
mi voluntad lo es más.
Y así luchó,
no por gloria cantada en salones dorados,
sino por el niño que aún no ha nacido,
por el fuego que arde en cada hogar,
por la esperanza testaruda de los mortales.
Cuando el último gigante huyó hacia la nada,
Thor alzó el martillo hacia el alba.
El trueno no fue amenaza entonces,
sino promesa:
Mientras haya tormentas,
mientras el cielo pueda rugir,
habrá un defensor en la frontera del caos.
Porque donde otros ven solo guerra,
Thor ve algo sagrado:
la humanidad resistiendo.

Escrito por RdM

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