TÝR, EL ÍNTEGRO
(Canto de los días anteriores al mordisco del destino)
Antes de que el lobo cerrara su fauces sobre el sino,
antes de que la sangre sellara la ley,
Týr alzaba ambas manos intactas
bajo el cielo duro de Asgard.
No era el más ruidoso de los dioses,
ni el más amado por cantos de escaldos ebrios,
pero cuando los juramentos temblaban,
su voz era piedra.
Hijo de antiguos linajes —
así lo dicen los versos viejos—
más viejo que Odín en algunos cantos,
más severo que Thor en el juicio.
Týr no reinaba con tronos,
reinaba con palabras irrevocables.
Donde él hablaba, el caos retrocedía,
porque la ley no era mandato,
era sacrificio.
Crecía Fenrir en los patios de los dioses,
lobo de Loki, hambre con forma.
Todos lo temían.
Solo Týr se acercaba.
Le daba alimento con su propia mano,
mirándolo a los ojos sin bajar la vista.
Así narran las Eddas:
el valor no es furia,
es permanecer.
Cuando los dioses tramaron la atadura,
no con fuerza sino con astucia —
Gleipnir, hilo imposible,
hecho de cosas que no existen—
el lobo desconfió.
“Solo creeré”, dijo Fenrir,
“si uno de vosotros pone su mano en mi boca.”
Los dioses callaron.
El silencio fue más pesado que Mjölnir.
Entonces Týr dio un paso.
No habló de gloria,
no pidió recompensa,
no consultó al wyrd.
Sabía.
Porque Týr comprendía lo que otros evitaban:
que la justicia exige precio,
que la ley vive solo si alguien la paga con carne.
Aún con ambos brazos,
en ese instante final antes del dolor,
Týr era completo.
No porque conservara su mano,
sino porque ya la había entregado.
Así lo cantan las sagas antiguas:
cuando Fenrir cerró la boca
y Gleipnir sostuvo el mundo,
no fue el lobo quien venció,
fue el deber quien triunfó.
Y desde entonces,
aunque manco en cuerpo,
Týr quedó entero en espíritu.
Porque antes del mordisco,
antes de la pérdida,
ya era el dios del sacrificio consciente,
el guardián del orden
en un universo condenado a caer.
Escrito por RdM
