En el salón dorado de Asgard
donde la risa era ley y la luz tenía nombre,
cayó Balder, hijo del trueno y del amor,
blanco como el alba, justo como el juramento.
Ninguna sombra osaba tocar su frente,
pues juraron el hierro, la llama y la peste
no herir jamás al dios de los sueños claros.
Pero el destino, viejo y astuto,
crece en los rincones que nadie mira.
Loki rió con labios de engaño
y halló en el muérdago —frágil y olvidado—
la grieta por donde sangran los dioses.
La flecha voló guiada por la burla,
disparada por manos que no veían el mal,
y el mundo contuvo el aliento.
Balder cayó.
No con grito, sino con silencio.
La luz se apagó como estrella herida,
y Asgard conoció por primera vez la pena.
Odín, padre de batallas,
sintió romperse el tejido del tiempo;
Frigg lloró lágrimas que hicieron temblar los cielos,
y los hombres supieron que nada eterno es invulnerable.
Los dioses bajaron la cabeza,
pues con Balder murió algo más que un hermano:
murió la promesa de un mundo sin dolor.
Desde Hel no regresó su paso,
y su ausencia anunció el crepúsculo final.
Porque cuando muere la luz más pura,
los mitos entienden que el fin
ya ha sido escrito.
Escrito por RdM
