El Sacrificio del Juramento: Týr y Fenrir en el destino

El Sacrificio del Juramento
Callaron los cuernos.
Callaron los dioses.
Solo el lobo respiraba
como un abismo con pulso.
Fenrir alzó la cabeza,
colmillos blancos como lunas rotas,
saliva espesa cayendo
sobre la tierra jurada.
Las cadenas mentían.
Gleipnir mentía.
Los dioses mentían.
Týr no.
Avanzó desnudo de armas,
con la mano abierta
como se ofrece el animal al altar.
No rezó.
No pidió perdón.
Clavó los ojos en la bestia
y habló con la voz antigua:
—Que la palabra pese más que la carne.
Entonces introdujo la mano
en la boca del fin.
Los colmillos cerraron
como puertas de tumba.
Hueso astillado.
Carne rasgada.
La sangre brotó caliente
como runa recién tallada.
El lobo rugió.
Los mundos temblaron.
Los dioses apartaron la mirada.
Týr permaneció en pie.
La mordida fue pacto.
El desgarro fue sello.
La sangre fue ley.
Fenrir mordió justicia,
no engaño.
Y al hacerlo
quedó encadenado al destino.
El muñón humeante
goteó sobre la tierra
consagrándola.
Desde entonces
ningún juramento es limpio,
ninguna ley es pura,
ningún orden vive sin amputación.
Cuando Týr cayó de rodillas
no fue por dolor,
sino para marcar el suelo
con lo que quedaba de su mano.
Un dios incompleto
sostuvo el mundo entero.
Y el lobo aprendió
que incluso la furia
puede ser contenida
por la carne que no retrocede.
En el Ragnarök
Fenrir romperá las ataduras
y recordará el sabor.
No de la sangre.
Sino del juramento.
Porque aquel día
no perdió Týr una mano.
La entregó.
Y el cosmos
aceptó el sacrificio.

Escrito por RdM

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