A Hela, en el tercer invierno sin mi padre
Han pasado tres inviernos
desde que tu voz se volvió eco,
desde que tu nombre dejó de responder
al ser pronunciado en voz alta.
Tres años…
y el hueco sigue intacto,
como una herida que no sangra
pero tampoco cierra.
Padre,
no te fuiste:
cambiaste de morada.
Tu ausencia no es vacío,
es peso.
Peso en el pecho,
peso en los recuerdos,
peso en cada gesto que aprendí de ti
sin darme cuenta.
Fuiste raíz.
Fuiste manos firmes cuando el mundo temblaba.
Fuiste palabra justa
y silencio oportuno.
Muchos pronunciaron tu nombre con respeto,
no por lo que dijiste,
sino por lo que hiciste
cuando nadie miraba.
Hoy elevo esta oración
no al cielo luminoso,
sino al reino sereno
donde no hay engaño ni ruido.
Hela,
señora del umbral final,
tú que no juzgas,
tú que no mientes,
tú que acoges a los que ya han entregado
todo lo que tenían que dar.
Recíbelo.
No como un número más en tus salones,
sino como un hombre completo,
gastado por la vida,
pero lleno de honor.
Que tus brazos —fríos y eternos—
sean descanso,
no castigo.
Que tu mirada —implacable y justa—
reconozca en él
a quien cumplió su wyrd
sin huir de ella.
Padre,
si ahora caminas entre sombras tranquilas,
sabe que aquí
sigues siendo luz.
Porque hay personas que no mueren:
se vuelven ausencia presente,
se vuelven ejemplo,
se vuelven herencia invisible.
Te nombro hoy
para que el mundo no te borre.
Te lloro hoy
porque amarte aún duele.
Y te honro
porque incluso Hela
abre sus puertas
a quienes vivieron con dignidad.
Hasta que mis pasos
crucen también ese umbral,
quédate en mi memoria
como te quedaste en la vida:
entero,
irremplazable,
eterno.
Escrito por RdM
